mi hermano Jesus,,y sus enseñanzas...

Jesús ante la violencia y el odio….

Cuando hay personas e instituciones de cuyas «bocas sólo salen palabras de iniquidad y engaño, que renuncian a ser sensatos y a hacer el bien, y que maquinan la maldad sobre su lecho, empeñándose en un camino que no es bueno», estamos llamados a discernir cómo enfrentar tales actitudes, porque está en juego nuestra propia deshumanización.
La experiencia de Jesús nos puede sorprender. Primero, practica la no violencia como única forma de reaccionar frente a quien provoca el mal, porque de otro modo «todo el que pelea con espada, a espada morirá». Y segundo, fomenta solidaridades fraternas para construir un mundo justo que apueste por el bien del otro, porque está convencido de que sólo son «bienaventurados los que luchan por la justicia»  y «promueven la paz». Estas actitudes diferenciaron a Jesús de muchos representantes políticos y religiosos de su tiempo que fomentaban la exclusión, la compra de conciencias y el miedo para sostenerse en el poder.
La razón que lo llevó a vivir así no fue su gran sensibilidad, sino el deseo de querer ser «bueno». Esto parece débil, pero fue su opción: la bondad fue moldeando su humanidad y le hizo ser tan compasivo como su Padre. Así aprendió a mirar al otro con «compasión», nunca con lástima o soberbia, y menos aún con odio. No es fácil vivir así porque implica experimentar lo que es ser amado y perdonado. Hay familias, colegios y comunidades religiosas que han fallado en enseñar que el amor es un programa de vida basado en apostar por la «compasión» al «rechazar la ira y el odio», porque el mismo Dios rechaza a todo aquel que convierte al otro en víctima de sus prácticas, y le dice: «¡aléjate de mí, hacedor de maldad!» .
Sólo es sujeto quien supera la ira y el odio que se alojan en los corazones; quien es capaz de crear lazos con todas las personas, sin excluir a nadie, y quien inspira la esperanza de que sí es posible vivir «aquí en la tierra, como se vive en el cielo», si apostamos, como Dios, «por la compasión y el rechazo de la ira» .
Esto atraía de la praxis de Jesús, mientras que la de autoridades políticas y religiosas, iba siendo rechazada cada vez más. En Jesús se palpaba un modo de vida que parecía ya imposible; uno que podía vencer el mal con la verdad y la justicia, para que no triunfaran la mentira y la violencia. Para ello, Jesús oró por sus victimarios  y por los que lo humillaban; los perdonó  y no dejó que la ira afectara su proyecto, porque sólo Dios tenía la última palabra. Fue así como Jesús conquistó la verdadera autoridad que no nace de la imposición y las amenazas, sino de la no violencia y la compasión fraterna. No olvidemos, pues, que «odiar al hermano, es matarlo»  y sólo quien «pone su vida al servicio de todos» conoce el amor.

Jesús ante los pobres y las víctimas…

Siempre existe la tentación de idealizar el mensaje de Jesús y leerlo fuera de los contextos sociopolíticos y religiosos donde nació. No se nos ha enseñado lo que significa discernir nuestras vidas a la luz de sus palabras y actitudes. Los gestos, las acciones y las palabras que decía Jesús resonaron en los corazones de personas que vivían en medio de una realidad completamente fracturada y desesperanzada, llena de ira e impiedad, agobiada por el peso de un porvenir incierto. Era una realidad cuyas instituciones de gobierno producían cada vez más «pobres» y «víctimas». Y donde las autoridades religiosas sólo ofrecían una vida de fe que se reducía al rezo de devociones y la asistencia al culto para ofrecer sacrificios. Muchos habían olvidado la fuerza transformadora de palabras como: «perdón» o «justicia», y ya no recordaban cómo era una vida de «solidaridad fraterna» donde no existiese la violencia.

En medio de estas condiciones, Jesús aprendió de Juan el Bautista que el proyecto de nación en el que él vivía, había fracasado, así como el sistema religioso del Templo. No obstante, Jesús no responde con los mismos criterios que el Bautista. No espera un juicio divino, ni anuncia la muerte de nadie. Él comienza a anunciar una buena nueva que acontecería cuando el odio y la violencia no dominaran los pensamientos y los corazones.
Él creía que sí era posible construir un mundo más humano, favorable a los ojos de Dios. Y que «comenzaba ese año». Así lo transmite Lucas: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oído». ¿Qué significa este «Hoy»? Según el profeta Isaías, en quien se inspira Jesús, sólo podía haber Buena Nueva sirviendo a los «pobres» y defendiendo a las «víctimas», porque estas dos realidades eran el testimonio más fehaciente de un sistema político que se había sostenido por la fuerza de la violencia verbal y física, y con el aval de una sociedad indiferente al sufrimiento de las víctimas. El «hoy» de Isaías comportaba un gran reto porque anunciaba la necesidad de tomar postura, como Dios lo había hecho. No se podía aceptar que siguiera creciendo la pobreza y se convirtieran a las personas en víctimas de la violencia, el miedo y la opresión.
Por ello, la oración de Jesús pedía al Padre que le diera fuerza para hacer de «este mundo, como era el del cielo», es decir, que los hombres pudieran gozar de una calidad de vida como la de Dios. Su propuesta ofrecía algo que parecía insignificante: «sanar los corazones rotos» , y «rechazar a los que humillan». Muchos se preguntaban cómo sería eso posible. Pero él lo encontró en las sabias palabras de Isaías que explicaban lo que agradaba a Dios: «¿no será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de la maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y quitar las duras cargas? ¿no será partir el pan con el hambriento y recibir a los pobres sin hogar en mi casa? ¿que cuando veas a un desnudo le cubras y no te apartes de tu prójimo? Entonces brotará tu luz como la aurora y tu herida se sanará rápidamente» .
No podía haber una verdadera sanación del corazón, sin la conversión al pobre y a la víctima. Sólo así se podía frenar, para siempre, a los que humillan y hacen el mal. Pero perdonar supone «sanar la realidad» que ha sido afectada por el mal y «hacer justicia» para que no vuelva a ocurrir. Es, pues, un proyecto de vida basado en el compromiso por transformar la realidad en la medida en que se reconstruyen las relaciones interpersonales, para que “sobreabunde la Gracia donde abunda el pecado” .
Como lo recordó una vez Nelson Mandela: “no se trata de pasar la página, sino de volver a leerla, pero esta vez juntos”. Leerla sin absolutizar el poder y la riqueza, sin humillar ni violentar al que piensa distinto . Leerla con la compasión de quien perdona y rechaza toda forma de violencia. Pero leerla confiando en Dios antes que en el poder del dinero y del cargo. En fin, «hoy» debemos discernir juntos la realidad que vivimos para que no existan más «pobres, presos, ciegos y oprimidos», y aprendamos a hacernos cargo de la creación como servidores de humanidad y luchadores por la justicia, como nos recuerdan las Bienaventuranzas .
Jesús entendió que sólo cuando nos entregamos los unos a los otros en el servicio fraterno y la lucha por la justicia, entonces podrá brotar nuevamente la luz y quedarán sanadas las heridas que una vez nos dividieron.

 

 

Jesús ante el peso de la realidad...

A veces olvidamos cómo pudo Jesús soportar situaciones cargadas de violencia y desesperanza que parecían no tener futuro. Él sintió el peso de una realidad socioeconómicamente fracturada y padeció las consecuencias de la violencia religiosa y política , sin embargo nunca dejó de creer que había que hacer de «esta tierra, como era el cielo»  para gozar de la calidad de vida que existía en el «Reino de Dios». Resultará asombroso, pero esta esperanza simbólica provenía de una profunda relación con Dios y de un auténtico servicio a los pobres, a las víctimas y a tantas personas cansadas de luchar en esta vida.
Mientras representantes políticos y religiosos, familias, terratenientes y muchas personas de poder sólo ponían cargas pesadas de llevar, este individuo de Nazaret viene a invitar a asumirnos como hombres y mujeres de espíritu, es decir, como sujetos que apuesten por construir espacios para que otros puedan estar presentes en sus pensamientos, oraciones, acciones; viene a invitarnos para que el desgaste, el agobio y la extenuación que consumen nuestra voluntad y entendimiento, no sean obstáculos para descubrir que quien está delante de nosotros es un hermano, un auténtico tesoro, un bien del Padre eterno.
Sólo de esta forma, nos dice, surgirá ese impulso vital que levante nuestros recipientes de barro , la desesperanza, y permita avisorar un futuro donde comencemos a humanizarnos en el encuentro con el otro a partir del servicio fraterno, recíproco, para que cada persona pueda poner sus bienes más preciados en favor de la causa del otro. Entonces lo que era una carga ya no pesará, porque no la llevaremos solos sino en el servicio y apoyo recíprocos, de modo que pensemos, oremos y busquemos soluciones juntos, como hermanos, y dejemos de tratarnos como enemigos o desconocidos.
Hacer las cosas como Jesús las hizo no es algo exclusivo de los cristianos. Su opción de vida es patrimonio de todos y su estilo es paradigma de humanidad porque nos da a conocer el modo más humano de ser, algo que no se alcanza mediante el vacío absoluto del propio ser, por la superación de pensamientos negativos ni distanciándonos de supuestos pecadores. Tampoco se llega a ello a través de la ilusa creencia de trascender lo inmediato y no mirar lo que sucede en nuestro entorno. Una vida que sigue el ejemplo de Jesús pasa por asumir el presente histórico como una realidad escatológica, es decir, capaz de construir relaciones trascendentes que nos afirmen y autodeterminen como sujetos verdaderamente humanos; pasa por la recreación de nuestras palabras y relaciones incluyendo en ellas lo que vivo, pienso y padezco, de modo tal que entienda que mi libertad se juega en el rostro de ese cada-otro ante mí, con sus dolencias y carencias, con sus riquezas y potencialidades, con su salud o enfermedad, porque es, ante todo, mi hermano.

  

La condición política del cristiano y la idolatría…

Los cristianos creemos que la práctica histórica de Jesús es el criterio de discernimiento para comprender nuestra relación con la política, la economía y la religión. Él nos muestra cómo la vida de cada persona es sagrada, y nos enseña que toda relación debe buscar nuestra humanización en el marco de una libertad corresponsable que nos haga sujetos, y no objetos o súbditos.

Cuando olvidamos, o desconocemos, la praxis(vida) histórica de Jesús, aparecen dos grandes tentaciones. Por una parte, creer en un cristianismo apolítico, es decir, en una fe sin relación con los procesos de humanización social, limitada a la devoción y al culto. Por otra, vivir un cristianismo político identificado con un sistema de gobierno que se propone como la presencia del Reino de Dios en este mundo. Ambos casos niegan al Dios de Jesús.
Podemos estar viviendo una fe vacía, que se quedó en el culto y la devoción, como si estos fueran actos mágicos que sustituyen la relación personal con Dios y con el hermano . O tal vez hemos caído en la tentación de la idolatría, mediante la promoción de adhesiones absolutas a sujetos o sistemas políticos, económicos y religiosos, que se proclaman salvadores y exigen culto. Nos hemos acostumbrado a ceder el espacio de Dios a otros.
Es preciso, pues, recordar que la condición política del cristiano no puede ser idolátrica, como tampoco ideológica. No es excluyente porque se sostiene en la fraternidad solidaria y no violenta de Jesús, donde todos somos hijos de Dios y hermanos unos de otros, antes que hijos de la patria o camaradas del proceso. Ciertamente, esto pasa por un compromiso personal con el desarrollo de todo el sujeto humano y de todos los sujetos, independientemente de su posición ideológica, económica o religiosa. Es la auténtica apuesta por la causa fraterna de Jesús.
No podemos dejarnos encantar solo por el fin último y las metas de un determinado sistema de gobierno, así sea el más noble que pueda existir. Hay que discernir la validez ética y la verdad moral de los medios que se utilicen.
Podemos reconocer la veracidad de una determinada acción política, si acierta respecto a los problemas reales de la sociedad o no. Incluso, es posible formular un juicio sobre su eficiencia o no. Sin embargo, desde el seguimiento a Jesús estamos llamados a preguntarnos por la verdad de dichas prácticas y la validez de los medios que se adoptan.
Una práctica política no es moralmente verdadera cuando promueve discursos y actitudes de desintegración social, exclusión de grupos y manipulación de conciencias, generando cultos idolátricos a sus líderes y proclamándoles adhesión eterna. Es aquí donde una sociedad mide su verdadero talante humano, así como su fe. Como enseñó Jesús: “uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos”. No hay dos Señores....

 

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