QUE SIGNIFICA EUCARISTIA

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

Y  LA  VIDA  DE LA IGLESIA

 

                                    El Santísimo Sacramento del altar es para la Iglesia,  lo que el alma para el cuerpo humano.  La sostiene, la anima, la preserva de corrupción, le da su fuerza d acción,  hace de ella una sociedad aparte entre todas las sociedades.

                                   La Sagrada Eucaristía es en la Iglesia lo que el aire en la creación entera. El aire se difunde por todas partes, lo colorea todo, es el lazo de comunicación de los seres  entre sí, los cuales lo reciben a cada instante en su pecho y de él viven. Jesús sacramentado está en todas partes: su influencia se deja sentir por doquiera; su creencia resume todas las creencias reveladas: En la práctica de los deberes que reclama hace. El solo, ligero y dulce el yugo de su moral; su culto es, por sí solo, todo el culto católico; jerarquía eclesiástica, monasterios, templos, capillas, altares. La Iglesia entera en una palabra, desde el Papa hasta el simple fiel, descansa sobre el dogma eucarístico.

                                   La Santísima Eucaristía es en la Iglesia lo que el amor maternal en el corazón de una madre. Este amor no puede permanecer oculto, tiene necesidad de  mostrarse,  de darse, de derramarse en beneficios. La Santísima Eucaristía es el amor de Dios en acción y hace sentir alguna vez este amor con tanta energía y a la vez con tanta suavidad, que si fuesen continuos los momentos en que el alma está de esta suerte penetrada, no estaríamos en la tierra, sino en el cielo. La madre lo es todo para el niño, la Eucaristía lo es todo para el alma que va a ella como el niño se dirige a su madre. De Jesús hostia, como del corazón de la madre, salen estas palabras: “Venid a mí  todos los que sufrís, los que estáis agobiados por el trabajo y yo os aliviaré”. Mas, lo que madre no puede muchas veces, Jesús Eucaristía sí.

La  Santísima Eucaristía llena su misión vivificante en la Iglesia de siete maneras diferentes:

Por la Santa Misa: En ella es el Holocausto Perpetuo que, en nombre de las criaturas, reconoce la grandeza y el poder, la soberana independencia de Dios; la victima que  expía las faltas del mundo y aplaca la justicia divina, la acción de gracia que alegra el corazón de Dios; la plegaria continua que atrae sobre nosotros nuevos favores.

Por la sagrada comunión: En ella es el alimento de alma, la restaura y la fortalece, es el remedio que restablece la salud y destruye la enfermedad; es el banquete que  alegra; la mesa que reúne la familia.

Por la presencia continua en el tabernáculo: En el tabernáculo es el Padre que aguarda, el amigo que consuela, el maestro que dirige. Allí  Jesús es accesible a todos y a todas horas, acoge todas las almas, escucha a todos, a nadie despide sin esperanza.

Por la bendición del Santísimo: En ella, al atardecer, muéstrase a las miradas a fin de animar después de las luchas del día, trae la paz para el descanso de la noche,  bendice a fin de disponer para las luchas del día  siguiente.

Por la exposición del Santísimo: En ella se muestra por su esplendor durante un día entero, recibe las adoraciones de las almas fieles, la reparación publica de los ultrajes que le han sido inferidos, derrama gracias mas abundantes.

Por las procesiones solemnes Es el triunfo de la Eucaristía. En ellas, Jesucristo, rodeado de toda la pompa que el amor del hombre puede reunir, recorre las calles, como un  rey recorre sus dominios, es aclamado y responde a estos homenajes con abundancia de luces.

Por el Viático: En el la eucaristía es el lazo que une la vida y la muerte, el tiempo con la eternidad, los sufrimientos pasajeros con las alegrías inmortales.

Finalmente el Santísimo Sacramento explica la vida de la Iglesia. En efecto: si Jesucristo no tuviese con nosotros en la Eucaristía, su nombre despertarla ciertamente un recuerdo de grandeza y de bondad; su nombre seria siempre el de un hombre-dios, pero no haría ya conmoverse, no haría ya palpitar de afecto, no arrastraría al sacrificio, no sostendría sobre todo entusiasmo que producía la sagrada persona de Jesucristo. Sin la Eucaristía, el misionero no tendría fuerzas para abandonar su país, su familia, su madre llorosa: la hermana de la Caridad permanecería encerrada con el dolor, las llagas repugnantes y la muerte. Al uno y a la otra les faltaría una indemnización en cierto modo material: les faltaría en el desierto y en el claustro, Jesús viviente. Jesús amante que reemplazase todo lo que habían dejado. Sin Eucaristía el alma no tendría consolador, ni una luz, ni amor: seria huérfana.

                                   

 

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