pensamientos religiosos

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EL SERMON DE LA MONTAÑA

 

                              Las máximas del cristiano – templanza  en la comida y en la bebida.

                              Durante los tres años de su vida pública, Jesús predicaba por todas partes: no sólo en las sinagogas, donde se reunía el pueblo los sábados, sino por los caminos, los campos, las riberas del largo y  las aldeas más apartadas. Su predicación era llana y sencilla, como una conversación familiar. Tenía un encanto indecible. Las gentes se admiraban y decían: Jamás hombre alguno ha hablado como    él.

                                Pero una vez quiso el señor hacer una predicación especial que fuera como el resumen y compendio da toda su doctrina y para que todos pudieran oírla bien, situó a un monte. El auditorio era formado por una muchedumbre incontable de hombres, mujeres y niños. Cuando todos se sentaron y se hizo gran silencio, el señor abrió sus labios divinos y dijo:

                               Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos.

                                Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

                                Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

                                Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

                                Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzan misericordia.

                                 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

                                  Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos será el reino de los cielos.

                                   La gente escuchaba maravillada este nuevo y desconocido camino de felicidad, que les  imponía el divino maestro. Hasta entonces se creía que la dicha se encontraba en las riquezas, en los placeres, en el poder, en todas las grandezas y alegrías del mundo; y ahora asegura el señor que la verdadera felicidad, que llena de dulce paz y alegría el corazón, se halla en el desprendimiento o sea el despego de los bienes terrenos, en la dulzura del Animo, en las lágrimas de arrepentimiento, en el deseo de la virtud, en el amor a los hermanos, en la limpieza del corazón y hasta en padecer con paz y resignación los trabajos que nos envíe el señor.

                                    Y como la mayor parte de los oyentes hacía el camino de la vida en medio de pobrezas, penas y privaciones, experimentaban un indecible consuelo, al ver que eran ellos los preferidos de Dios y que en esas mismas penas y trabajos podían hallar su felicidad.

ENSEÑANZA RELIGIOSA:  las máximas del cristiano.

                                         El mundo tiene principios y normas enteramente contrarios a los de Cristo Nuestro Señor.

                                          Las máximas del mundo son: Que el hombre debe preocuparse sólo de la vida presente y que todo se acaba con la muerte; que el mayor bien es la riqueza y el mayor mal la pobreza; que el que tiene algo debe mostrarlo, para que los demás le a tributen honores y alabanzas; que hay  que gozar de la vida mientras se pueda; que se debe evitar, como una desgracia, cualquier trabajo o sufrimiento y que se debe dar gusto a todos los deseos.

                                          Este es el mundo que aborreció a Cristo, así como Cristo aborreció al mundo.

                                          Las máximas del cristiano son: Que estamos aquí en la tierra como de paso para el cielo, que es nuestra patria; que el objeto de esta vida es conseguir la felicidad eterna; que el camino para el cielo es la práctica de la virtud; que el camino para el cielo es la práctica de la virtud; que sólo en esta práctica hallamos la paz y la dicha que es posible disfrutar en esta vida; que las riquezas, los honores y los placeres no sacian nuestra sed de felicidad, antes por el contrario nos dejan llenos de inquietudes, amarguras y remordimientos;  y que el desasimiento de los bienes terrenos, la paz de la conciencia, la limpieza del corazón y la conformidad con la voluntad de Dios, nos hacen dulce y tranquila la vida.

ENSEÑANZA MORAL:  El señor llama dichosos a los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, de la virtud. Los que sienten esta hambre espiritual no apetecen con tanta avidez el manjar corporal. Por escuchar la palabra de Cristo, las  multitudes que le seguían se olvidaban de comer, con lo que tuvo el señor que alimentarlas milagrosamente en el desierto.

                                           

        

 

 

MOISES

 

                 Se hizo grande porque amó a su pueblo y comprendió a DIOS. Y porque amó a su pueblo adquirió el carácter y la fuerza para entregarle las enseñanzas que Dios le daba y así llevar al pueblo a transformarse en un pueblo con carácter.

                  Durante los cuarenta años de vida en el desierto, el gran Moisés no fue sólo profeta para su pueblo, también fue profesor de relaciones humanas, respeto a si mismo, fuentes de fortaleza e inspiración.  

                  Los cuarenta años de pobreza material, lo enriquecieron a él y a su pueblo en sabiduría en fortaleza sicológica y en fortaleza física.

                   Fue ejemplo de lealtad a la humanidad, pues los educó a pesar de la resistencia que oponía el pueblo.

                   Ese era el pueblo elegido. Esa era la arcilla con la cual debía realizar la parte de la obra que le había encargado Dios.

                   Dios tiene propósitos para la personas, para rescatar a toda la humanidad. Si las personas que eligió y preparó no cumplen su parte de este plan, dios puede cambiarlas.

                   La ley de salvar a los seres humanos, es tan hermosa, inteligente y fácil de vivir, que era imposible de creer para un pueblo que había perdido la confianza.

                    La humanidad le debe mucho al gran Moisés, un hombre leal a Dios y a los hombres. Gracias a la valentía, tenacidad y perseverancia del gran Moisés, hace dos mil años yo, Jesús, pude realizar otra parte del plan de Dios. Entregar al mundo un mandamiento único y nuevo, que se amen los unos a los otros como Dios los ama.

 

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